En los últimos meses han circulado informes que sostienen que las organizaciones no están obteniendo un retorno claro de sus inversiones en inteligencia artificial. Esa afirmación resulta contundente, aunque contrasta con la realidad cotidiana: millones de personas utilizan IA a diario para trabajar mejor, tomar decisiones más rápido o aprender nuevos conocimientos. ¿Cómo puede considerarse “mínimo” el impacto si la tecnología se emplea de manera constante? Según Santiago Urrizola, CEO de Flux IT, el problema podría no residir en la tecnología misma, sino en la forma en que se mide su contribución.
Durante décadas, la productividad se evaluó con indicadores diseñados para otra lógica: horas invertidas, proyectos finalizados, entregables visibles o líneas de código producidas. Sin embargo, la IA opera en un plano diferente. Su impacto se manifiesta en decisiones más informadas, tiempo recuperado, errores que se evitan y calidad que se mantiene sin añadir complejidad. Ese valor existe, aunque no siempre se refleja en indicadores KPI tradicionales ni en métricas de pérdidas y ganancias (P&L).
El cambio que se observa, explica Urrizola, se sustenta en dos dimensiones complementarias. Por un lado, la inteligencia embebida directamente en los sistemas, integrada desde el diseño y formando parte de la arquitectura misma, que interpreta datos, optimiza procesos y toma decisiones operativas en tiempo real. Por otro lado, la inteligencia que colabora con las personas, amplificando sus capacidades, ayudando a priorizar, detectar riesgos, acelerar tareas y aprender más rápido. Una dimensión transforma los productos; la otra transforma las dinámicas de trabajo. Juntas, abren un nuevo modelo operativo donde el valor surge de la interacción continua entre el talento humano y el talento digital.
Este fenómeno ya está ocurriendo, aunque muchas veces aún se lo denomine “automatización”. Sin embargo, no se trata solo de automatizar, sino de aprender y adaptarse. Un asistente que detecta un bug o propone una solución no sigue reglas fijas; razona según el contexto. Esa fuerza cognitiva —que no duerme, no se cansa y mejora con el uso— ya forma parte del flujo de trabajo diario en organizaciones de cualquier tamaño. Su impacto, señala el CEO de Flux IT, no depende del presupuesto invertido, sino del grado de madurez con que la inteligencia se integra en los procesos reales.
Medir la IA únicamente en términos de eficiencia implica perder de vista la transformación más profunda. El verdadero impacto radica en cómo cambia la forma de generar valor: equipos que aprenden más rápido, decisiones más consistentes, productos de mayor calidad con menor complejidad y una nueva creatividad que emerge de la colaboración entre humanos y sistemas inteligentes.
La próxima década será híbrida, afirma Urrizola, no por el modelo oficina-casa, sino porque las organizaciones deberán aprender a gobernar el trabajo humano y digital como un solo sistema integrado. La IA no llega para reemplazar, sino para incorporarse al tejido operativo de las empresas contemporáneas. La transformación, concluye, ya comenzó: solo falta que las organizaciones aprendan a reconocerla.